Imperfectos Pero Dispuestos
Como hemos visto, la experiencia de los profetas del Antiguo Testamento demuestra que nunca ha sido fácil ser un mensajero de Dios. Elena de White experimentó las mismas inquietudes que los profetas bíblicos.
»Esta visión me turbó enormemente. Mi salud era muy delicada y solo tenía diecisiete años. […] Oré fervientemente para que esa carga recayera sobre otra persona. Pero la respuesta que obtuve fue: “Da a conocer a los demás lo que te he revelado”. No estaba dispuesta a ir al mundo. Por naturaleza, tenía poca confianza en mí misma. […] Deseé morir. La muerte me parecía preferible a las responsabilidades que tendría que asumir» (Spiritual Gifts, t. 2, pp. 35-36).
Al igual que cualquier otro profeta Elena de White no se creía perfecta al contrario sabia sus debilidades y escribió
3 MS 405
Nunca me he atrevido a decir: “Yo soy santa; estoy sin pecado”, pero todo lo que he creído que era la voluntad de Dios he tratado de hacer con todo mi corazón, y tengo la dulce paz de Dios en mi ser. Puedo encomendar el cuidado de mi alma a Dios como a un Creador fiel, y saber que él guardará lo que ha sido confiado a su cuidado. Mi comida y mi bebida es hacer la voluntad de mi Maestro.—Manuscrito 6a, 1886.
Para conocer más acerca de este tema, lee Elena de White, Mensajes selectos, t. 3, pp. 46-54; y Jiří Moskala, «La voz profética en el Antiguo Testamento», en El don de profecía en las Escrituras y en la historia, ed. por Dwain N. Esmond y Alberto R. Timm (Miami, FL: APIA, 2016), pp. 1-42.